Las vacaciones son lo más bonito que hay. Estar todo el año trabajando y ahorrando para, al fin, pasar unas semanas en familia, en pareja, con amigos… Medio metro cuadrado de playa, una barbacoa frente a una refinería, un parque acuático con 20.000 familias más, una cola de cientos de personas para entrar a El Vaticano, cinco horas al sol en un bus turístico, Marina d’Or… Todo vale. Llevas once meses planeando las vacaciones y no hay duda de que, entonces sí, serás feliz. Has de ser feliz.
Y si tus vacaciones no han sido lo que esperabas, al menos, fotografíate allí, en el monumento del pueblo, frente al mar, de fiesta. Siempre habrá algún menganito que te idealice por haber ido a tal sitio y que querrá ser tú el próximo año.
Y es que parece ser que la fotografía de vacaciones no es más que la prueba documental de una felicidad programada, aunque no necesariamente real. Nuestra capacidad de proyectar la ilusión y de intentar evadirnos sea cual sea el entorno ‘socialmente ideal’ de las vacaciones es tal que no importa si nos hemos pasado diez días untándonos con crema solar y rozándonos sin querer con la pierna del dueño de la toalla de al lado. Al final lo que verdaderamente importa no es la experiencia, sino el haber estado allí.